CUANDO GANAR NO BASTA. MANTENIENDO EL WINNER EFFECT

Hay algo que suele decirse de los ganadores: que ganar llama a ganar.
No es una frase hecha. Tiene nombre: winner effect. Ian H. Robertson lo describió en el libro que lleva ese mismo título. Después de una victoria, el ganador entra a la siguiente competencia con más confianza, más disposición a imponerse y una expectativa más alta de volver a ganar. No es solo actitud. Hay química de por medio: la victoria eleva la testosterona y moviliza la dopamina, y esa combinación empuja a competir más fuerte, a desafiar más seguido y a ir por más.
Dicho de otra manera: ganar cambia la manera en que uno compite.
Quien viene de una serie de derrotas entra a la próxima pelea preguntándose si podrá. Su química trabaja para protegerlo, no para lanzarlo contra un rival más fuerte.
Quien viene ganando entra preguntándose cómo va a ganar.
La diferencia parece pequeña. No lo es.
La expectativa de victoria modifica la conducta. Se tolera mejor la presión, se decide con más convicción, se soporta mejor la incertidumbre y se está más dispuesto a volver a exponerse. Y, sobre todo, hay una química cerebral que acompaña.
Por eso una victoria produce algo más valioso que el resultado en sí.
Produce momentum. Y el momentum es uno de los activos más poderosos que existen.
EL PROBLEMA DEL NUEVO PISO
El problema aparece después.
La primera gran victoria se recuerda durante años. El primer negocio importante. El primer juicio difícil. El primer cliente grande. Uno sale de ahí sintiéndose distinto.
Después vuelve a ocurrir. Y otra vez. Hasta que pasa algo curioso: seguimos ganando, pero ya no sentimos que estamos ganando.
Lo extraordinario se vuelve normal. La victoria de ayer se convierte en el piso de hoy.
El resultado objetivo puede ser exactamente el mismo. Lo que cambió fue el punto de referencia. Y ahí el winner effect se encuentra con su enemigo más silencioso: la normalidad.
LA PEOR CONTABILIDAD POSIBLE
Existe una forma particularmente destructiva de leer los propios resultados.
Cuando ganamos: “era lo que tenía que pasar”.
Cuando perdemos: “¿qué hice mal?”.
Parece disciplina. Hasta parece humildad. Es una pésima contabilidad. Las victorias no suman y las derrotas restan. Diez buenos resultados pasan inadvertidos; uno malo ocupa toda la pantalla.
Ahí empieza la espiral descendente. Se siguen obteniendo resultados excelentes mientras la cabeza registra que se está perdiendo. Y como la confianza define cómo competimos, lo que empezó como un problema de percepción termina siendo un problema de rendimiento. Y de química.
El ganador deja de sentirse ganador. Poco después empieza a comportarse como alguien que ya no espera ganar.
LA CELEBRACIÓN. LA IMPORTANCIA DEL RITUAL
Primera conclusión, poco sofisticada: hay que celebrar las victorias.
No hace falta champagne cada martes. Pero hay que marcarlas. Detenerse. Decirlo: ganamos, lo hicimos bien, fuimos mejores.
Una victoria que se archiva junto con otras cien tareas pendientes pierde su capacidad de reforzar la conducta que la produjo.
Por eso toda cultura competitiva inventó sus rituales: trofeos, medallas, podios, campanas, brindis, vestuarios, historias repetidas durante años. No son adornos. Son la forma de decir: esto ocurrió, y ocurrió porque hicimos algo bien.
LA REVELACIÓN MENOS AGRADABLE
Hasta acá, todo presentable. Ahora la parte que no aparece en los libros de autoayuda.
Celebrar no alcanza.
Mirá a los que llegan a niveles que el resto considera absurdos. Ya ganaron todo lo que había que ganar en su terreno, y aun así cambian de negocio, se meten en otra disciplina, compiten en otra categoría, se imponen metas que nadie les pidió. Desde afuera la pregunta es siempre la misma: ¿qué más buscan?
La respuesta es más simple de lo que parece. No buscan más cosas. Buscan volver a sentir lo que sintieron la primera vez.
Porque ganar no es solamente un resultado. Es una identidad. Y la identidad de ganador no se sostiene administrando lo conquistado. Se sostiene conquistando.
El que se queda cuidando el trofeo empieza, sin darse cuenta, a convertirse en otra cosa: en alguien que tiene algo que perder. Y el que tiene algo que perder compite con la química del que viene perdiendo.
Por eso el ganador sube la apuesta. Montaña más alta, rival más grande, terreno desconocido. No por insatisfacción. Por supervivencia de quien es.
MARCAR LA CANCHA
Y acá el Club toma posición.
El camino para aferrarse a esa ola no pasa por la sobriedad elegante. Pasa por marcarle la cancha a los rivales.
Nuestra época convirtió en virtud absoluta el fingir indiferencia ante las propias victorias. El vencedor que nunca festeja, que ante cualquier logro responde “no fue nada”. Queda bien en una entrevista. Es una trampa mortal para el éxito propio.
Sí fue algo. Y decirlo cumple una función.
Un objetivo abstracto se repite durante años y termina aburriendo. Un rival no. El rival le devuelve forma a la victoria: hay alguien del otro lado, hay una jerarquía en juego, hay un antes y un después. “Cumplí la meta” se olvida en una semana. “Le gané a ese” se recuerda durante años.
Por eso hay que tener competidores. Identificarlos. Medirse contra ellos. Hacerles saber, cuando corresponde, quién se llevó la partida. Mostrar, contar, marcar. Llámenlo boasting si quieren. Llevado al extremo es insoportable. Bien administrado, es combustible.
No vinimos a hacer amigos. Vinimos a ganar.
Y para seguir ganando, el que está enfrente tiene que saber que perdió, y uno tiene que acordarse de que ganó.
Un caballero, eso sí, elige sus guerras. El rival es el combustible, no el objetivo. El que necesita pelearse con todo el mundo para sentirse vivo no está ganando: está buscando una dosis. La diferencia es saber contra quién vale la pena competir, y no soltarlo.
GANAR TIENE QUE SEGUIR SIGNIFICANDO ALGO
El winner effect necesita victorias. Pero también necesita que esas victorias se sientan como tales.
Hay que celebrarlas. Hay que recordarlas. Hay que mostrarlas. Hay que tener a alguien enfrente que las sufra.
Y cuando dejan de sentirse, no es momento de bajar los brazos ni de ponerse filosófico. Es momento de buscar una montaña más alta y un rival que valga la pena.
Porque ganar es importante.
Pero para seguir ganando, hay que seguir sintiéndose ganador. Si te gusto la temática, te invitamos a seguir discutiendola en www.clubsocialdecaballeros.com, en nuestra comunidad o nuestras reuniones presenciales.
Si todavía no te bajaste nuestra App para Android podes hacerlo desde www.ClubSocialDeCaballeros.com
Anotate para Asistir a nuestras reuniones por
y encontrá gente que piensa como vos
Sumate a la discusión en nuestra comunidad de






Comentarios