LA ERA DE LOS HÉROES

Durante los años noventa creímos, por un momento, que la historia había terminado.
Había caído el Muro. La Unión Soviética había desaparecido. Occidente había ganado. La democracia liberal, el capitalismo y una relativa paz parecían destinados a extenderse indefinidamente. Nuestros héroes eran ficticios: Schwarzenegger, Stallone, Willis. Hombres que salvaban al mundo durante dos horas y después nos permitían volver tranquilos a casa.
No necesitábamos héroes reales.
O quizás simplemente no los veíamos.
Treinta años después, el paisaje es otro.
Las sociedades occidentales descubrieron que también dentro de sistemas formalmente democráticos podían existir enormes mecanismos de disciplinamiento cultural. Que se podía perder un trabajo por decir determinadas cosas que hacia dos años eran aceptadas culturalmente. Que una cuenta podía desaparecer. Que ciertas preguntas podían volverse socialmente impronunciables. Que universidades, medios, empresas, organismos internacionales y plataformas tecnológicas podían repetir simultáneamente una misma doctrina hasta convertir una opinión política en sentido común obligatorio.
Y cuando un villano impone que salirse del consenso vuelve a tener precio, vuelven los héroes.
No necesariamente porque el mundo se haya vuelto peor. Quizás simplemente se volvió más transparente.
EL PROFESOR
Uno de ellos apareció donde nadie hubiera escrito el comienzo de una película épica: una universidad canadiense.
Jordan Peterson era un profesor de psicología, relativamente desconocido, versado en las atrocidades del marxismo, cuando decidió enfrentarse públicamente a lo que entendía como una nueva forma de autoritarismo ideológico alrededor del lenguaje de genero obligatorio y el proyecto de ley C-16. Su interpretación jurídica fue discutida ferozmente, pero eso casi resulta secundario para comprender lo que sucedió después: Peterson había decidido decir no.
Y ese “no” tuvo consecuencias.
Manifestaciones, campañas en su contra, enfrentamientos dentro de la universidad, suspension de su cargo y calidad de psicologo, y una exposición mundial que difícilmente hubiera podido prever. En lugar de retroceder, discutió.
No se arrodilló ante la mafia woke o progreissta.
Ese profesor tímido, obsesionado durante décadas con el totalitarismo, el marxismo, Jung, Nietzsche y las tragedias del siglo XX, terminó convirtiéndose en una de las figuras intelectuales más influyentes de su generación. Su discusión pública contra el Bill C-16 comenzó efectivamente en la Universidad de Toronto en 2016. y culminó con un séquito de jovenes oprimidos y olvidados que con su guia encontraron su voz en el mundo.
Después vendrían otros.
EL NIÑO
Charlie Kirk comenzó todavía más abajo.
No tenía universidad prestigiosa detrás. No tenía fortuna. No tenía un cargo político. Tenía dieciocho años y una idea.
Construyó Turning Point USA desde prácticamente cero y terminó convirtiéndola en una maquinaria política capaz de disputar culturalmente las universidades norteamericanas y movilizar a una generación de jóvenes conservadores. No son numeros menores... Más de 1.000.000 de miembros estudiantiles, 205.100 activistas universitarios, 58.600 activistas secundarios, 235.408 activistas de base y más de 400 empleados, organizados en 1.505 filiales universitarias, 3.570 filiales en escuelas secundarias y 416 filiales locales; además, Turning Point Faith trabaja con 12.491 iglesias, ha capacitado a 22.101 pastores y alcanza a 6.249.000 feligreses.
Podría haberse dedicado a administrar su éxito.
Eligió seguir yendo a los campus.
Eligió seguir discutiendo frente a auditorios hostiles.
Y el 10 de septiembre de 2025, mientras hablaba ante miles de personas en Utah Valley University, fue asesinado de un disparo ejecutado por una persona que se autodefine transgenero. Tenía 31 años.
Charlie Kirk creó un imperio político y finalmente dio la vida haciendo aquello que lo había convertido en Charlie Kirk: pararse frente a desconocidos y defender públicamente sus ideas.
Ahí la palabra “riesgo” deja de ser una metáfora.
LOS NUESTROS
Argentina también produjo sus propias figuras.
Francisco Oneto se animó a ponerle un límite verbal y jurídico a una retórica feminista que durante años había conseguido presentarse como moralmente indiscutible. Discutió públicamente principios que muchos abogados compartían en privado pero preferían no decir en televisión, en tribunales o frente a una cámara.
Y después apareció Milei.
Durante años parecía un personaje extravagante de televisión.
Mientras economistas, periodistas y políticos hablaban utilizando un lenguaje cuidadosamente moderado, Milei repetía obsesivamente sus mantras: el déficit, la emisión, la inflación, la casta, el Banco Central, el socialismo.
Una vez.
Otra vez.
Y otra vez.
Lo ridiculizaron.
Lo imitaron.
Lo trataron como un loco.
Pero siguió.
En cierto sentido hizo algo que la política argentina había abandonado hacía décadas: intentó educar políticamente y economicamente a una población, aun cuando esa educación consistiera en repetir hasta el cansancio un conjunto limitado de principios.
Años después, ese hombre al que invitaban a la televisión parcialmente porque generaba rating terminó siendo presidente de la Nación. Milei asumió la Presidencia el 10 de diciembre de 2023.
LOS QUE ABRIERON LA PUERTA
También hubo otros que hicieron posible esa transformación sin convertirse necesariamente en héroes.
Influencers, podcasters, youtubers, usuarios anónimos de Twitter, periodistas independientes y provocadores profesionales fueron rompiendo pequeños pedazos del consenso.
Algunos fueron cancelados.
Otros expulsados.
Otros perdieron empleos.
Otros simplemente envejecieron mal.
Y muchos de aquellos que parecían valientes cuando hablar significaba arriesgar una carrera perdieron autoridad cuando decir esas mismas cosas dejó de resultar peligroso.
Porque existe una diferencia fundamental entre decir algo prohibido y repetir algo que ya se volvió popular.
El valor no reside únicamente en las palabras.
Está en el precio que podían costarte cuando las dijiste.
EL BILLONARIO
Por eso también aparece Elon Musk.
Un hombre que objetivamente no necesitaba meterse en política cultural.
Tenía dinero, empresas, prestigio y proyectos suficientes para mantenerse durante el resto de su vida cómodamente alejado de esa guerra.
Sin embargo puso su reputación y una parte considerable de su fortuna sobre la mesa para comprar Twitter por aproximadamente 44.000 millones de dólares, asegurando que quería recuperar la libertad de expresión en una de las principales plazas públicas del planeta.
Para quienes considerábamos que Twitter se había convertido en una herramienta política de una izquierda fascista, aquella compra tuvo una importancia imposible de minimizar.
Cambió el terreno de juego.
Y TRUMP
Trump representa probablemente la versión más extrema de ese fenómeno.
Puede gustar o resultar insoportable. Puede creerse o rechazarse su denuncia sobre el deep state, el fraude electoral o el funcionamiento del establishment norteamericano.
Pero resulta difícil afirmar que participar de esa batalla no tuvo consecuencias personales.
El 13 de julio de 2024 una bala disparada durante un acto político en Butler, Pensilvania, pasó junto a su cabeza y lo hirió en la oreja. El FBI calificó oficialmente el ataque como un intento de asesinato.
No sabemos que el atentado haya ocurrido por su pelea contra el deep state, y convertir esa relación en un hecho sería inventar una causalidad que no está probada.
Pero sí sabemos algo mucho más sencillo:
casi lo matan haciendo política.
¿QUÉ ES, ENTONCES, UN HÉROE?
No es necesariamente un político.
Ni un militar.
Ni siquiera tiene que ser una persona particularmente agradable.
El pueblo nunca eligió héroes por concurso de simpatía.
Un héroe aparece cuando alguien decide atravesar la frontera de lo aceptable y arriesga allí algo que realmente le pertenece: su reputación, su patrimonio, su profesión, su libertad o su vida.
Y lo hace —acertada o equivocadamente— convencido de que de aquella batalla es justa. Y como recompensa no solo obtiene aquello por lo que luchaba apra el mismo, sino para el pueblo en general.
Después ocurre algo que ninguna agencia de comunicación puede fabricar.
El pueblo lo reconoce.
Lo exalta.
Lo convierte en símbolo.
Los noventa podían permitirse héroes inventados porque todavía creíamos vivir en un mundo sin grandes batallas.
Ese mundo terminó.
Entramos en una época más peligrosa, más ideológica, más violenta y probablemente también más sincera.
Una época donde volver a decir determinadas cosas puede tener consecuencias.
Donde enfrentarse al consenso puede costar una carrera.
Donde construir una alternativa puede costar una fortuna.
Y donde, como ya vimos, subirse a un escenario puede costar una vida.
La era de los héroes de acción terminó.
Empezó la era de los héroes reales.
Y esta época oscura todavía no terminó.
Antes de moderarse, probablemente vaya a requerir la sangre de varios más.


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