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No es idea tuya, la sociedad occidental se feminizó

20 sept
5 min de lectura

Todo son risas y progresismo hasta que un hombre marce un limite real
Todo son risas y progresismo hasta que un hombre marce un limite real

Hay transformaciones sociales que se vuelven visibles recién cuando ya están muy avanzadas. Una de ellas es la feminización de las instituciones occidentales. No significa simplemente que haya más mujeres estudiando, trabajando o tomando decisiones.


El cambio decisivo aparece cuando una presencia inicialmente minoritaria alcanza una masa suficiente para modificar la cultura de la institución: qué comportamientos premia, qué formas de autoridad considera legítimas, cómo procesa el conflicto y qué tipo de personas selecciona para ascender.


La literatura clásica sobre critical mass fijó ese punto alrededor del 30%: a partir de allí, una minoría femenina deja de ser puramente testimonial y adquiere capacidad para cambiar las reglas del grupo. (cambridge.org)


Ese dato permite mirar de otra manera una secuencia que lleva décadas desarrollándose. Primero se feminizó la escuela.


Según la OCDE, las mujeres representan más del 70% de los docentes primarios en casi todos sus países; son el 68% en la secundaria inferior y el 60% en la secundaria superior.


Durante los años en los que una persona aprende no sólo matemática o historia, sino también debe aprender a obedecer reglas instauradas por lo femenino, su modo de resolver conflictos y su modo de relacionarse con una autoridad, incluso su modo de estudiar. Una cultura institucional, una vez instalada, se transmite a todos sus integrantes. (oecd.org)


Sorprendentemente los niños no les va bien en ese ambiente educativo orientado a lo femenino, con literatura femenina y reglas de comportamiento femenino. 


Después llegó la universidad y, detrás de ella, las profesiones, las grandes organizaciones y el Estado.


Las mujeres son hoy mayoría entre quienes ingresan a la educación superior en los países de la OCDE. En 2023 constituían además el 58% de los empleados de las administraciones centrales y el 41,1% de los cargos superiores.


La secuencia es importante: escuela, universidad, profesiones, burocracia y lugares de decisión. En todos esos ámbitos, hace tiempo que aquel 30% dejó de ser una frontera lejana. (oecd.org)


La consecuencia no consiste necesariamente en que las mujeres decidan contra los hombres. Es más profunda: cambian los mecanismos aceptables para ejercer poder.


Podemos llamar masculino al modelo tradicional basado en competencia, confrontación directa, jerarquía y aceptación explícita del resultado.


Dos hombres disputan una posición; uno gana y el otro pierde. El derrotado se somete, al menos temporalmente, a la autoridad del vencedor.


El conflicto puede ser áspero, pero es frontal y tiene un final. Esa lógica aparece en el deporte, el ejército, el torneo, la vieja empresa y buena parte de la política tradicional.


La lógica feminizada privilegia otros instrumentos: consenso y marginacion para el que no adhiere, distribución en vez de merito, construcción de coaliciones, reputación y destruccion de la misma como castigo, integración y pertenencia al grupo como valores más importantes. Tambien esta la falta de responsabilidad porque el resultado no es tán importante como en la lógica masculina.


Por ejemplo, no elimina la confrontación; cambia su tecnología. En lugar de derrotar directamente al adversario, pretende aislarlo. El castigo deja de ser solamente “perdiste” y pasa a ser “quedaste afuera”: afuera de la conversación, de la red, de la organización, de las oportunidades o del circuito en el que se distribuye reconocimiento.


Allí reside una diferencia fundamental entre las dos gramáticas del poder. Una administra jerarquías; la otra administra pertenencia.


La política internacional ofrece una versión gigantesca de este mecanismo.

Frente a la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, la administración Biden evitó una confrontación militar directa entre Estados Unidos y Rusia y, junto con sus aliados, recurrió a sanciones financieras, comerciales y tecnológicas mientras apoyaba militarmente a Ucrania.


El mensaje fue altamente femenino, no emprendio a derrotarlo, sino como las "chicas malas", simplemente le dejaron de hablar. (home.treasury.gov)


Sin embargo, esta solución solo es aceptable cuando no existe la posibilidad de otra, y en la masculinidad siempre existe la violencia, para la cual el aislamiento es pobre defensa. De alli el imperativo de prohibir todos los recursos que no sean femeninos. En el caso de rusia, aprovecho y ejercio la violencia sin que esto fuese un detrimento porque a lo masculino poco le importa las sanciones femeninas.


La misma lógica, en una escala mucho menor, aparece en empresas, universidades, administraciones públicas y organizaciones profesionales, pero en este caso, queda vedada la posibilidad de recurrir a la violencia contra quien ejerce el poder en contra. 

Por ahora muchas instituciones tienen una logica masculina a pesar de ser operadas por lo femenino. Como en el caso en la justicia de Lindsay Clancy, quien luego de matar a sus hijos, el jurado pretendia liberarla por una cuestión de "pertenencia" al grupo de las mujeres, y fue un solo hombre quien se nego y exigio la responsabilidad, valiendole la destrucción de su reputación.


El trabajador ya no es evaluado solamente por cuánto produce o si vence a sus competidores internos. Debe integrarse, construir consensos, gestionar reputación, emplear los códigos correctos y demostrar que puede funcionar dentro de la comunidad. Ello aún a pesar de no obtener resultados, gestionando el fracaso actual del modelo de empresa feminizado y todos los experimentos de empresas de "solo mujeres". 



La pregunta “¿quién es el mejor?” de lo masculino  convive cada vez más con “¿queremos a esta persona dentro del grupo?” de lo femenino. Cuando la segunda domina a la primera, el acceso se convierte en la principal herramienta de disciplina.


Ahí aparece el verdadero tipping point.


Una sociedad no necesita tener mujeres en todos los puestos para feminizarse. Necesita que la cultura surgida de instituciones feminizadas se convierta en el estándar que todos, incluidos los hombres, deben aprender para progresar.


A partir de ese momento la feminización se reproduce sola. Los hombres que prosperan son precisamente aquellos que aprendieron esa gramática desde la escuela, la universidad y el trabajo.

Puede haber un directorio enteramente masculino y, sin embargo, una cultura institucional feminizada.


La pregunta, entonces, no es cómo revertir la entrada de las mujeres en instituciones que durante generaciones les estuvieron cerradas. Es qué hacemos con aquello que desapareció durante ese proceso.

Occidente dedicó décadas a abrir sus antiguos espacios masculinos, pero casi no creó espacios nuevos destinados específicamente a transmitir cultura masculina.


¿Dónde aprende hoy un varón a competir sin odiar, a perder sin quedar excluido, a aceptar una jerarquía legítimamente conquistada, a soportar una crítica frontal, a ejercer autoridad, a obedecer, a asumir riesgo y a descubrir que un adversario puede seguir siendo parte del grupo después del enfrentamiento?


Refundar espacios masculinos significa responder esa pregunta.

Clubes, deportes, asociaciones profesionales, talleres, mentorías, expediciones y círculos intergeneracionales en los que hombres con experiencia vuelvan a transmitir códigos a hombres jóvenes.


Lugares donde competir no sea una patología, la jerarquía no sea una vergüenza, el conflicto tenga reglas pero no sea eliminado, y ganar y perder vuelvan a ser experiencias legítimas de formación.

Como nos mostró el caso de Rusia,"la violencia es aquella autoridad de la que se derivan todas las autoridades", y hacer de cuenta que no existe para tranquilizar a lo femenino de que existe una competencia de la que no puede formar parte solo nos condena al fracaso. 

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