Durante los años noventa creímos, por un momento, que la historia había terminado. Había caído el Muro. La Unión Soviética había desaparecido. Occidente había ganado. La democracia liberal, el capitalismo y una relativa paz parecían destinados a extenderse indefinidamente. Nuestros héroes eran ficticios: Schwarzenegger, Stallone, Willis. Hombres que salvaban al mundo durante dos horas y después nos permitían volver tranquilos a casa. No necesitábamos héroes reales. O quizás s