LOS HOMBRES YA NO SE ACERCAN A LAS MUJERES
- hace 7 días
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¿Escuchaste últimamente a alguna mujer en redes decir que los hombres ya no encaran? Que ya no se acercan en los bares, que no invitan a salir, que no cortejan, que no insisten y que parecen completamente desinteresados.
Probablemente sí.
La explicación habitual es bastante sencilla: “los hombres tienen miedo”, "son princesos", "estan comodos".
Miedo al rechazo. Miedo al feminismo. Miedo a quedar como un pesado. Miedo a hablar con una mujer.
Pero hay un pequeño problema con esa explicación.
Los hombres construyen puentes donde se muere gente. Se suben a aviones de combate. Trabajan bajo tierra, atraviesan océanos, crean empresas arriesgando todos sus ahorros, se meten dentro de edificios incendiados y construyen cohetes que explotan hasta que finalmente alguno llega al espacio.
¿Realmente pensás que el problema es caminar cinco metros en un bar y decir “hola”?
Quizás no tengan miedo.
Quizás simplemente no tengan ganas.
LOS HOMBRES SE ESTÁN RETIRANDO
No estamos hablando solamente de hombres que dejaron de encarar en la calle.
Los hombres están participando menos del mercado de citas en general.
En Estados Unidos, la proporción de hombres solteros que decía estar buscando una relación o citas cayó del 61% al 50% entre 2019 y 2022. Estudios posteriores sobre adultos jóvenes muestran el mismo fenómeno: menos citas, menos relaciones y una cantidad importante de hombres directamente desconectados del mercado romántico.
Podemos discutir durante horas por qué ocurrió.
Pero primero entendamos qué ocurrió.
Una parte de los hombres dejó de ofertar.
Y eso cambia completamente la discusión.
DURANTE AÑOS CAMBIAMOS A LAS MUJERES, PERO SUPUSIMOS QUE LOS HOMBRES NO IBAN A CAMBIAR
El feminismo dedicó décadas a decirles a las mujeres que tenían que ser independientes.
Que no necesitaban un hombre.
Que no debían ser sumisas.
Que tenían que hacerse respetar.
Que tenían que contestar.
Que servir a un hombre era degradante.
Que adaptarse a él significaba perder poder.
Y muchas mujeres aprendieron perfectamente la lección.
El detalle curioso es que esa filosofía desaparece bastante rápido cuando aparece el jefe.
Con el jefe llegás puntual.
Escuchás.
Cooperás.
Sos diplomática.
Tratás de solucionar problemas.
No le contestás de cualquier manera porque “nadie te dice qué hacer”.
Si hay una reunión que no te gusta, probablemente vayas igual.
¿Por qué?
Porque existen incentivos.
Porque entendés perfectamente que una relación funciona mejor cuando la otra persona también obtiene algo de vos.
Por alguna razón, una parte de nuestra cultura decidió que entender esto en el trabajo es madurez profesional, pero entenderlo dentro de una pareja es sometimiento.
Y muchos hombres simplemente dejaron de encontrar atractiva la propuesta.
NO ALCANZA CON SER INDEPENDIENTE
Que una mujer pueda mantenerse sola es fantástico.
El problema es que eso responde una pregunta que el hombre quizás nunca hizo.
“¿Podés sobrevivir sin mí?”
Sí.
Perfecto.
¿Y ahora qué?
El hombre que busca una mujer no está contratando una contadora para comprobar que puede pagar sus propias expensas.
Está buscando una compañera.
Busca afecto, admiración, cooperación, feminidad, sexualidad, tranquilidad, complicidad y alguien que haga que su vida sea mejor con ella que sin ella.
De la misma manera que una mujer no elige pareja solamente porque un hombre sabe cocinarse y lavarse la ropa.
Ser autosuficiente te convierte en un adulto funcional.
No necesariamente te convierte en una pareja atractiva.
EL CORTEJO TIENE UN COSTO
Acercarse tiene un costo.
Invitar tiene un costo.
Organizar una salida tiene un costo.
Pagar tiene un costo.
Recibir rechazos tiene un costo.
Mantener la iniciativa durante semanas tiene un costo.
Competir con otros hombres tiene un costo.
Los hombres históricamente estuvieron dispuestos a pagarlo porque querían aquello que estaba del otro lado.
El error fue asumir que seguirían pagando cualquier precio independientemente de lo que recibieran.
No funciona así ningún mercado.
Si un hombre percibe que para conseguir una relación tiene que perseguir durante meses a una mujer que después va a competir permanentemente con él, recordarle que no lo necesita, interpretar cualquier liderazgo como control y cualquier expectativa como opresión, puede hacer algo muchísimo más sencillo.
No hacerlo.
No necesita organizar una protesta.
No necesita hacerse MGTOW.
No necesita odiar a nadie.
Se queda tomando algo con sus amigos.
Va al gimnasio.
Compra una PlayStation.
Viaja.
Trabaja.
Tiene alguna relación ocasional.
Y sigue con su vida.
“LOS HOMBRES TIENEN MIEDO DE LAS MUJERES FUERTES”
Esta explicación usada en redes es particularmente cómoda.
Porque convierte el rechazo del producto en un defecto del consumidor.
Si un hombre no quiere una determinada clase de mujer, entonces no puede ser porque aquello que ella ofrece no le resulte atractivo.
Tiene que estar intimidado.
Es inseguro.
No puede manejarla.
Le tiene miedo a una mujer fuerte.
Quizás.
Pero existe una explicación mucho más simple.
No le gusta.
Un hombre puede respetar perfectamente a una mujer competitiva, agresiva, extremadamente independiente y confrontativa.
Puede contratarla.
Puede asociarse con ella.
Puede admirarla profesionalmente.
Y puede no querer compartir su cama con ella.
No existe ninguna contradicción.
ÉSTE ES UN PROBLEMA DE OFERTA
Si tenés un restaurante vacío, podés decir que la gente tiene miedo de entrar.
Pero después de un tiempo quizás convenga mirar el menú.
El mercado de relaciones funciona de manera parecida.
Si cada vez más mujeres preguntan dónde están los hombres que invitan, persiguen, cortejan y toman la iniciativa, quizás la respuesta no sea organizar una campaña para enseñarles nuevamente a tener coraje.
Quizás haya que preguntarse por qué dejaron de querer hacerlo.
Porque el deseo masculino tampoco es un cheque en blanco.
Los hombres pueden querer mujeres y al mismo tiempo decidir que determinadas
relaciones no justifican el esfuerzo necesario para conseguirlas.
Esas dos cosas pueden existir simultáneamente.
EL MERCADO EVENTUALMENTE LO VA A CORREGIR
Y acá probablemente aparezca la parte más interesante.
Las mujeres también compiten entre ellas.
Si suficientes hombres empiezan a valorar especialmente a mujeres cálidas,
femeninas, cooperativas, serviciales, respetuosas y genuinamente felices de acompañar a su hombre, esas características empiezan a tener valor precisamente porque se volvieron menos frecuentes.
Las mujeres más jóvenes van a observar qué funciona.
Siempre ocurrió así.
Una generación aprende determinadas reglas y la siguiente descubre cuáles de esas reglas producen los resultados que desea.
Entonces quizás aparezca una mujer que tenga su carrera, gane su dinero, tenga sus opiniones y pueda vivir perfectamente sola, pero que al mismo tiempo entienda algo que otras olvidaron:
Ser independiente no significa comportarte con tu pareja como si fuera tu adversario.
Puede elegir ser amable.
Puede elegir admirarlo.
Puede elegir cuidarlo.
Puede elegir seguirlo algunas veces.
Puede elegir hacerle un café sin iniciar una discusión filosófica sobre quién debería hacerlo.
Y probablemente descubra que existe una enorme cantidad de hombres dispuestos a responder a eso.
LOS HOMBRES NO DESAPARECIERON
Esto es lo que quizás todavía no entendimos.
Los hombres siguen ahí.
Siguen mirando.
Siguen sintiendo atracción fisica.
Siguen queriendo sexo.
Muchos siguen queriendo una esposa, hijos y una familia.
Lo que parece estar desapareciendo es la idea de que necesariamente tienen que
perseguir cualquier oferta femenina simplemente porque existe.
Y culparlos de cobardía probablemente no cambie demasiado.
Un hombre puede tener miedo y actuar igualmente cuando desea algo lo suficiente.
Lo hizo durante toda la historia.
Por eso, la próxima vez que escuches que “los hombres ya no se animan”, considerá una posibilidad bastante menos tranquilizadora.
Quizás sí se animan.
Quizás simplemente miraron las condiciones, hicieron la cuenta y decidieron seguir caminando.
Y si eso es cierto, no estamos frente a una crisis de valentía masculina.
Estamos frente a un mercado que acaba de empezar a corregirse.



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